Crónica I Duatlón de Bimenes

Alberto Piquero nos cuenta cómo fue su carrera en el I Duatlón de Bimenes:

 

Zapatillas para la bici, casco, porta dorsal… Repaso la lista mentalmente, como quien trata de recuperar algo olvidado. Parece mentira: desde octubre sin competir, sólo han pasado cinco meses y ya se me hace eterno. ¡Y eso que hasta hace dos años ni siquiera sabía lo que era un duatlón! Casco, botellín, gafas de sol (por si acaso)… La letanía me devuelve a competiciones pasadas. Y, aunque no me creáis, siento los nervios de un debutante, como si me estuviese jugando algo más que la simple satisfacción personal, o, en todo caso, el ir cogiendo un poco de ritmo. Es la misma sensación de toda esta semana pasada, mientras iba descontando días.

Así que pongo la radio del coche buscando relajarme. La música suena potente, aunque no logro reconocer la canción. Seguro que los “viejos rockeros” del TriCao sabrían hasta la fecha del cumpleaños del cantante. Pero ellos ahora estarán en Cambridge, en Abu Dhabi o simplemente aún durmiendo. Eso sí, siempre haciéndose presentes, en ocasiones a través de los mensajes de ánimo, siempre poniéndole tanta pasión a este deporte que te obligan a dar ineludiblemente un poco más de ti mismo, para intentar estar a la altura.

Al atravesar el túnel que me lleva desde Lieres hasta Bimenes empiezo a descubrir el escenario que había reconocido 15 días antes, pero en esta ocasión, el sol luce espléndido. Va a ser duro, pero creo que hoy será día para disfrutar.

El calentamiento lo comparto con Felipe, del triatlón Oviedo, y más tarde con Chema Vieitez. Aún le debo una, desde que en Villameca se me olvidaron las zapatillas de correr y tuvo que traérmelas desde Oviedo.

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Foto Pedro Pablo Heres

 

La carrera más o menos dentro de los parámetros previstos. La salida siempre demasiado rápida. Tras un primer tramo de 1 km, cuatro vueltas a un circuito, ida y vuelta por la misma calle. Nos vamos cruzando unos con otros. Veo a Chema con buena cara, y a la “locomotora” Bayón que en breve empezará a doblar gente. Parece como si hubiese salido el último y se hubiese lanzado a la caza de todos los demás.

El segmento de bici nos recibe con duras rampas desde el principio. Enseguida me cruzo con un corredor que baja ensangrentado en sentido contario. Habrá que tener cuidado en la bajada. Pero antes, justo cuando parece que la pendiente ya suaviza, nos damos de bruces con un auténtico muro, que obliga a todo el mundo a retorcerse sobre la bici. Cada vuelta que pasa, el esfuerzo en esta zona me lleva más cerca del límite. En la tercera vuelta, adelanto a alguien que, dándolo por imposible, decide bajarse y seguir a pie. En la última vuelta, otro repite esta misma estrategia. Yo me niego. Me agarro con fuerza a las manetas del freno, como si quisiera arrancarlas. Juro que en mi vida he apretado los dientes con tanta fuerza y, en un ejercicio de voluntad, consigo llegar arriba. Me sale de dentro dar un grito de rabia, pero casi ni me sale la voz. Ya sólo me queda disfrutar del vértigo del último descenso, enlazando una curva con la siguiente. Aún tengo que resolver alguna pequeña batalla pendiente, con rivales de mi nivel con los que he ido intercambiando la posición. Pero llegados al último segmento, sé que no habrá tales rivales. Corriendo me siento agotado, pero, paradójicamente,  muy a gusto. Está claro que soy más de fondo que de velocidad.

Me estiro para llegar a la meta. Más que nada porque veo una cámara apuntándome. Pero el esfuerzo es baldío. Está claro que es imposible que yo salga bien en una foto corriendo. Y empiezo a pensar que no es culpa de los fotógrafos. Siento la emoción de cruzar la meta, el agradecimiento a los compañeros del Academia Civil por esta prueba única que han organizado de forma impecable. Comparto la alegría de finalizar con Chema, que ya me espera tras la línea de meta totalmente recuperado. Creo que sin este momento las carreras perderían la mitad de su sentido. Y no es por  un mero acto de narcisismo, por hablar de uno mismo (que también). Sino, sobre todo, por sentirte comprendido y valorado en tu esfuerzo, por quienes lo han vivido de primera mano.

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Luego ese sentimiento de satisfacción se va diluyendo, casi con la misma celeridad con que empiezas a pensar en el siguiente reto. Salvo que por un casual se tenga  la suerte de que Dani te elija para hacer una crónica para el equipo. En ese caso, se puede seguir saboreando ese momento durante un poco más de tiempo.

 

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