Crónica IRONMAN As Pontes 2015

Jose Murias nos relata cómo vivió su debut en la distancia IRONMAN el pasado 27 de Junio en As Pontes:

 

Me encarga Dani Carro la labor de escribir la crónica del IROMAN AS PONTES 2015, propuesta que acojo orgulloso y agradecido, pues soy plenamente consciente que plumas mucho más acreditadas que la mía podrían dar mejor cuenta de lo acontecido.

Cierto es que también pienso que para mi elección lo que más haya podido pesar será el hecho de que desde una perspectiva panorámica trasera se pueda ofrecer una visión mucho más real de la carrera que desde la óptica de los que marchan más adelante, que ignoran lo que acontece en la retaguardia.

Sea lo que fuere lo que justificó mi elección trataré de hacerlo lo mejor posible aunque no os prometo nada.

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Como estaba programado, salimos desde Oviedo sobre las 9 horas del sábado, 27 de junio de 2015, con rumbo a El Franco, primera escala del viaje en mi casa materna, para reagrupar a todos los efectivos (Antonio y Alejandra; Diego y Eugenia; Nachete; Belen y yo; Mon y Eva salían más tarde sin hacer escalas) y hacer un avituallamiento, café, frixuelos y bizcocho, todo casero hecho por mi madre. Después de dar buena cuenta de todo ello partimos hacia As Pontes, no sin antes visitar fugazmente los alrededores de Villalba, gracias al escaso sentido de la orientación de quien esto suscribe.

Sobre las 13,30 horas llegamos al lago de As Pontes, que nos recibe con un sol de justicia; recogemos los dorsales y bolsa del corredor. Antonio, Diego y Nachete preparan la bici para hacer un pequeño entreno, mientras yo me voy a hidratar con las chicas al borde del lago que ya nos observa desafiante.

A las 3 horas nos reunimos con Mon y Eva en el Hotel Pontes do Eume, donde habíamos quedado para comer. Después de la generosa comida a base de spagetti carbonara, ensaladas, arroz, pollo, volvemos al lago para asistir a la charla técnica y hacer el control de material. El calor a las 5 de la tarde es asfixiante, preludia lo que nos encontraremos al día siguiente, y manda un aviso a navegantes inexpertos. Tomo nota.

Antonio y Alejandra sin embargo, con mejor criterio, aprovechan esas horas más calurosas del día para descansar en el hotel, presentándose para el check-in en el último momento.

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A las 10 horas ya con cierto retraso nos sentamos a cenar con parecido menú al de la comida. A las 11,30 ya estamos en las habitaciones reposando y cavilando.

A las 5,45, después de pasar una noche más placida de lo esperado y tras dormir algo más de 4 horas, nos encontramos para desayunar en la cafetería del Hotel, que abrió a tan intempestiva hora para nosotros, donde una guapa y amable camarera brasileña nos agasaja sonriente con una variada gama de productos, plátanos, kiwis, zumo de naranja, rebanadas de pan con mantequilla o con aceite y tomate y café con leche. Los nervios están muy templados, excesivamente diría yo; únicamente Mon se muestra más inquieto, quizás preocupado por no haber evacuado aún suficientemente su vientre.

Quedamos a las 5,50 para que Belen nos acerque hasta el lago, distante unos 5 minutos en coche desde el hotel, donde nos reuniremos con Diego y Nacho. Al llegar vemos que el cielo está muy nublado y cae un más que ligero orbayu, que invita más a volver para la cama que a la práctica natatoria. Tras comprobar todos los trastos, que son muchos, y después de dejar preparadas las barritas y geles en las bicis, nos disponemos a hacer un ligero calentamiento en el agua, que sorprendentemente se encuentra bastante caliente.

A las 6,45 nos disponen en la cámara de salida donde nos dan las últimas indicaciones por megafonía. Según se va acercando la hora, la música cañera, creo que de Iron Maiden, según comentaban los entendidos, los gritos de ánimo de los espectadores; las bengalas, las antorchas y la propia tensión del momento, van creando una atmosfera mágica, festiva y alegre de la que es realmente difícil sustraerse.

A las 7 horas, con puntualidad galaica, se da la salida; afrontamos la primera de las dos vueltas que habremos de dar al circuito; las boyas apenas perceptibles en la oscuridad matutina, se antojaban muy lejanas, inalcanzables pensaba yo, seguro que a Diego le parecía lo contrario. Salgo con mucha calma, con Antonio y Nacho al lado; Diego y Mon sin embargo salen disparados como delfines hambrientos en busca de inofensivas sardinas. Persiguiendo cabezas rojas como patito detrás de mama pata, llegamos a la primera boya, que dejamos a la izquierda, en un numeroso grupo compacto lo que provoca algún pequeño golpe sin importancia, disponiéndonos a realizar el tramo más largo de unos 700m; sigo con calma, con demasiada calma, buscando entre las aguas algún rostro familiar, ingenuo de mi, que me ofrezca algo de cobijo, en tan hostil situación. Llego a la segunda boya sin acumular cansancio, hemos recorrido 1000 m. sin aparente dificultad y con buenas sensaciones, vamos de vuelta a la playa. En la primera vuelta empleo 43:59 m. según me dicen, ya que renunció a utilizar cualquier instrumento de medida, que no es para tirar voladores pero que me deja bastante satisfecho pues no noto menoscabo en mi capacidad física. La segunda vuelta la hago con la misma velocidad o con la misma lentitud no sabría decir y con parecidas sensaciones, por lo que evito dilatar el relato acuoso. Salgo del agua a pesar de todo dando saltos de alegría, y pensando que lo peor ya había pasado, triste consuelo de mal nadador. El tiempo final 1,29.

Siguiendo el guión previsto el primero en salir del agua fue Diego “Tiburón”, y ello a pesar de alargar el recorrido unos cientos de metros. A continuación sale Mon y pisándole los talones un excelso Antonio, haciendo buenos los entrenos en la ramplona en Luanco.

 

La T1 me la tomo con calma aunque pero no con tanta como puedan dar a entender esos 7 minutos largos; el motivo es que al disfrazarme de ciclista tenía que ir al extremo opuesto de la zona de boxes donde me situaron, a unos 200 metros, donde estaba la carpa para el cambio de ropa; la ubicación no era la idónea y así se lo advertí el día anterior a la Comisaria de la Federación, a fin de que colocarán la carpa en un punto lo más equidistante a la zona de boxes, sin ningún éxito.

Vestido de ciclista salgo feliz y solitario con la bici, y afronto la fea zona de transición aderezada de una cuesta con múltiples baches y gravilla suelta hasta llegar a la rotonda donde habríamos de girar 4 veces. Cabalgo los primeros kilómetros llanos y me dispongo a afrontar la primera subida con buenas sensaciones y con tranquilidad, recordando que las prisas solo son buenas para los malos toreros y para los delincuentes. Superado el primer escollo me las prometo muy feliz creyéndome profundo conocedor del perfil del trazado, que hacía bastante llano, al haber ido a los dos entrenamientos programados. Craso error que empiezo a descubrir en los siguientes kilómetros, donde aparecen las primera cuestas que no me resultaban en absoluto familiares; descubro cruelmente que no es lo mismo circular en pelotón que hacerlo ahora en solitario, la percepción de los desniveles es diferente al no haber ahora el efecto succión que se produce circulando en pelotón.

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Asimilada esta primera contrariedad vamos kilometro a kilometro adaptando poco a poco nuestra anatomía, buscando la máxima armonía con la bicicleta, tratando de aprovechar los acoples montados casi a última hora y sin tiempo suficiente para conseguir una perfecta adaptación. Los kilómetros van transcurriendo sin aparente dificultad a una media ligeramente superior a los 25 kms./h., todo ello dentro de los planes previstos, cuando concluimos la primera vuelta y la carretera se llena de los ciclistas que participaban en el triatlón olímpico y que animan un poco la casi desierta carretera.

Iniciando la segunda vuelta hago una primera parada técnica para aliviar la vejiga, ya que en el lago fue de todo punto imposible, cruzándome en ese momento con el amigo Diego, que venía como un misil apurando su segunda vuelta. En la tercera vuelta volvería a pillarme en tan innoble postura una vez más.

Finalizando mi tercera vuelta me adelanta Mon, que va desbocado; se le ve disfrutando de su mejor disciplina, marcándose un carrerón, camino de colgarse su 9ª medalla Iroman y engrandecer su leyenda, acoplado a la cabra como alma que lleva el diablo, solo con tiempo para gritar “fuerza y honor”. A continuación hace lo propio Diego, que va también firme y decidido para la zona de transición, augurando una mejora sustancial con respecto a su anterior marca. De Antonio poco puedo decir, ya que marchaba regularmente unos 20 o 30 minutos por delante de mí y al que solo veía fugazmente cuando nos cruzábamos; y aunque no lo veía lo sentía ya que su grandeza lo invade todo.

Así, sin sobresaltos, sin grandes penas ni alegrías, aprovechando para comer esas barritas caseras hechas con tanto cariño por mi admirada Raquel y tomar un gel, vamos completado cada vuelta con la precisión prevista, a razón de 1h. 45 m. cada una, a 25,5 km/h. lo que totalizaría en meta un tiempo aproximado de unas 7 horas, confirmando mis sospechas de que soy un chuparuedas que tiene que aprenderá rodar en solitario. La verdad es que viéndolo desde afuera puede parecer que la cosa no era como para tirar voladores, y es verdad, pero encima de la bici y a esas alturas de la película, cuando ya todo te da por el c…., menos el viento que te da de cara, no te vuelves tan exigente.

Por fin llego a la T2, y vuelvo a sentir el calor del público en la zona de transición, después de una última vuelta en bici más que aburrida; son las 15,30 horas, me pongo la licra, y salgo a correr con muy buenas sensaciones, entre gritos de ánimo de Alfonso y sus críos; de mi Belen y de muchos anónimos aficionados que se constituyen en ese momento en amigos de toda la vida; en el momento de incorporarme a la carrera me encuentro a Mon con gesto mezcla de concentración y sufrimiento, que ya inicia su tercera vuelta; me sorprende mucho la imagen de muchos triatletas caminando. En ese momento y viendo el panorama, empiezo a pensar por primera vez, que no me debí de equivocar en mi estrategia reservona.

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Continúo adelantando gente y me encuentro con Eva y Alejandra, que sufren más que nadie las inclemencias de un sol implacable y demoledor, sin una mala sombra que llevarse a la cabeza, también con Eugenia, resguardada en la orilla del camino en unos matorrales. Me cruzo con Diego que va con paso firme y decidido, en la disciplina en la que creo menos disfruta, camino de finalizar su segunda vuelta, con aparente frescura y serenidad.

Me cruzo más tarde con Antonio concentrado, melena al viento, marchando con ritmo pausado pero constante, de hecho debió de ser al único al que no vi caminando en ningún momento, gestionando con maestría, casta y experiencia sus fuerzas que en esos momentos a todos ya nos empezaban a escasear. Veo bien a Nachete, también a Manolo Piquer echando mano de su juventud para superar sus problemas físicos.

Finalizando la segunda vuelta sin excesivos padecimientos, llega el momento mágico de completar la media maratón; comenzamos a visualizar en nuestra mente, no sabemos si fruto quizás de alguna traicionera alucinación, nuestra entrada triunfal en meta. Estamos haciendo realidad lo imposible? O es todo pura ensoñación. Me saca de mis tribulaciones mi buen amigo Julio, acompañado de su inseparable Gabi, quien me sitúa rápidamente en el tiempo y en el espacio, animándome a afrontar la parte final de la carrera.

Afrontamos por tanto la tercera vuelta con energías renovadas y con el olor a meta, que ya se presume extrañamente cercana. Seguimos hidratándonos, comiendo trozos de plátano o gajos de naranja en todos los avituallamientos, y con un gel de cafeína en la recamara por si las moscas; nos encontramos en mitad de la nada, donde solo se oye el croar de las ranas, con Miguel Carballal quien se afana en sacar fotos y animarnos. A todo esto Ramón ya debe de andar acercándose a la meta y Diego no andará muy lejos.

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Nos encontramos por fin en la última vuelta, los últimos 10,5 kms., de carrera, preparando el maltrecho cuerpo para el esfuerzo final, en estas que me encuentro con Vitor Coelho, ultrafondista portugues, que viene de hacer la ultra trail Isla de Madeira, en 22 horas creo recordar, que acaba de atravesar un mal momento; unimos nuestras fuerzas y un poquito a pie y otro andando, dando mucho palique “entendemonos abondo ben valíndome do meo macarrónico portugues, fomos apurando os últimos kilómetros, despedíndonos un a un dos valerosos voluntarios/as”, que nos han atendido con tanto esmero y con los que al final inevitablemente hemos alcanzado grandes dosis de complicidad. Nos aseamos para la foto y nos disponemos a correr espoleados por la música los últimos dos kilómetros hasta la meta donde nos colocan una medalla, son las 20 h. 27 m.. Allí me espera Belen, entrenadora, manager, asistente, nutricionista, confidente y mil cosas más, a la que hago entrego la medalla pues es tanto suya como mía, aunque también un poco vuestra. Me abrazo a Diego, a Nacho, también a Mon, que me colma de mil atenciones.

Mientras esperamos a Antonio que esta al llegar, con los nervios de Alejandra a flor de piel, me acuerdo de todos vosotros, de este equipo que me acoge y me hace sentir como si fuera uno más; de los veteranos, de los jóvenes que tienen la vida por vivir, de todos he aprendido y todos me habéis inoculado vitaminas de energía, de alegría y sentido común, por lo que os estaré eternamente agradecido.

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Un agradecimiento también muy especial a nuestras chicas, Alejandra, Eugenia, Eva y Belen, sin ellas nada de esto sería posible; también a Alfonso y sus niños; a Carbayal, a Julio y Gabi; a Raquel y a vosotros por estar ahí.

 

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